Cimarrones en el exilio - Daniela Carolina Locarno Cogollo
Mi abuela Denis Fernández llamaba a sus nietos “compañeros cimarrones”. Así nos gritaba desde la cocina de la casa grande en Santa Marta.
Nuestra familia vivió entre Ancón, Las Salinas y San Martín, cuando la carrera 11 todavía marcaba el borde de la ciudad y más allá comenzaban las fincas. En ese paisaje creció la familia de mi abuela.
Su padre, Gilberto Nolasco Fernández, fue dirigente del Partido Comunista Colombiano en Santa Marta. Lo recordaban por su elegancia y por su estilo pachuco: baguies, sombrero y pluma. Trabajaba en una hacienda llamada Buritaca. La casa se sostenía también con el oficio de su esposa, una mujer guajira que cosía ajeno.
De ese hogar salieron hombres que terminaron viviendo lejos: Will Fernández se convirtió en capitán de altura de la Flota Mercante Gran Colombiana y pasó su vida entre puertos.Su hermano, Iván Fernández, tomó otro rumbo y terminó en guerras extranjeras. Se fue joven. Desde lejos escribía cartas para que no lo olvidaran, o quizás para no olvidar.
En las cajas familiares quedaron las huellas de esos viajes: fotografías, retratos con uniforme y cartas. Una de ellas fue enviada desde Salem (Oregon) a Santa Marta, el 30 de agosto de 1984. Este archivo es el punto de partida de mi obra.
En mi familia la palabra cimarrón siempre habló de independencia: irse lejos y seguir perteneciendo al mismo lugar.
Por eso vuelvo, una y otra vez, a estas fotografías.
